Noche oscura argentina: del sufrimiento a la esperanza
-Reflexiones religiosas y políticas sobre la ciudad sin palabra, sin ley y sin Dios-
  Autor   Dr. Ramón Eduardo Ruiz Pesce
  Categoría   Gráfica
  Medio   adital.org.br | Revista Religión y Cultura, Madrid, España
  Palabras Claves   Dios, Palabra, Ley, Crisis Argentina
  Fecha   16 de Noviembre de 2002
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"Qué bien sé yo la fonte que mana y corre: aunque es de noche!”
San Juan de la Cruz

Los argentinos, qué duda cabe, estamos pasando por una tenebrosa noche oscura de padeceres y de angustias. En esta hora pareciera asimismo que nada nos alienta para vislumbrar una luz de esperanza; nada parece poder detener nuestra caída; no encontramos un suelo firme donde pararnos, ni fuerzas para impulsarnos para recomenzar un ascenso que nos vaya sacando, poco a poco y esforzadamente, de este abismo al que nos precipitamos. En consonancia, o en quejosa disonancia con ello, las lamentaciones nuestras de cada día pronuncian llorosas o airadas voces de tragedias y de catástrofes; nos creemos visitados por las mayores desgracias y sufrimientos. Nos encontramos, como plañideramente dice el tango, cuesta abajo en la rodada. Nos sentimos sujetos caídos en desgracia; nuestro pueblo se encuentra azotado por la pobreza, la inseguridad, el hambre, las muertes prematuras y violentas.

Nuestras ciudades viven bajo el desorden establecido donde imperan los crímenes, las mentiras, las corrupciones. En lo personal no nos sentimos mejor; marchando a duras penas o paralizados e impotentes, nos encontramos aflijidos, desamparados, desolados; nuestro ánimo se encuentra descorazonado, asfixiado por temores e incertidumbres; nuestro paladar sólo sabe de amarguras y sinsabores; nuestros cuerpos y nuestros nervios, estragados por heridas, por dolores y por el cansancio; nuestras almas, atribuladas y angustiadas; nuestro ser, en suma, corroído por la desconfianza y la desesperación. Toda esta ristra de calamidades y sufrimientos físicos y morales no son, por cierto, algo privativo de nuestro tiempo o de nuestro pueblo.

Para poder intentar reflexionar sobre nuestro sombrío puesto en los tiempos que corren, es preciso que no caigamos en la poco atemperadatentación, ella sí bastante argentina, de creer que somos los mejores, o los peores; según donde esté soplando nuestro ciclotímico humor coyuntural. Confirmando que todo tiempo pasado... sólo fue anterior, ganemos perspectiva y una mirada más serena, echando un vistazo, en primera instancia, a las bíblicas Lamentaciones. 1

En los momentos más oscuros y desesperados de su historia, el pueblo judío recordaba que su Dios lo liberó de la esclavitud de Egipto. Y puede ser aleccionador para nosotros, oprimidos y esclavizados como estamos, leer cómo la dura experiencia de un pueblo puede transmutar la oscuridad y tiniebla de unos acontecimientos, en la honda esperanza que ilumina la marcha de un pueblo en su aventura hacia la verdad, la justicia y la paz. La nación y el pueblo de Israel eran los sujetos de esta desgracia. Jerusalén está esclavizada por sus propios pecados; Dios la ha entregado a sus adversario; Israel está quebrada; ha sido humillada. Dios, por medio de sus amigos y enemigos, provoca la desgracia de Israel. Muerte y hambre son los azotes de esa ciudad; y es Dios mismo, quien actúa contra Jerusalén, que “ha sido aniquilada”, “ha sido asesinada”; la nación “perseguida y matada”; la población es tratada “como basura y desecho”, Israel “es despreciada”, “está atemorizada y quebrada”. El pueblo es “víctima de la espada y el hambre”; “somos siervos y nadie nos libera”, “hemos perdido la alegría”.

La causa que ha motivado la catástrofe del pueblo de Israel, es su pecado. El pueblo santo ha pecado contra su Dios; y Dios rechaza y castiga a su pueblo. El juicio divino acaba con la bendición de Israel. Después de esa noche oscura, el pueblo se preguntará si es posible aún que la misericordia de Dios restaure la catastrófica situación a la que le ha llevado el pecado. Judá ha roto su alianza con Dios y éste hará lo mismo con su pueblo; lo repudia. Lamentaciones interpreta la caída de Judá como un castigo divino por la multitud de sus pecados; la posibilidad de la redención está sólo en las manos de Dios, porque él, “dueño y Señor de la historia, es quien ha causado la catástrofe como resultado del juicio contra su pueblo”.

Y, ¿qué tiene que ver esta historia con la “Noche Oscura Argentina” por la que estamos atravesando? Hoy, en Argentina, en la Oración por la Patria que han compuesto nuestros obispos, también rezamos pidiendo auxilio y fortaleza a “Jesucristo, Señor de la historia”; y decimos que “nos sentimos heridos y agobiados”; y suplicamos que “queremos ser nación; una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común”. Y es verdad, sólo la pasión por la verdad podrá iniciar nuestra liberación de la “tragedia educativa” en la que estamos inmersos; y sólo el compromiso por el bien común podrá afrontar el desafío de la “tragedia democrática” en la que se debate la gobernabilidad y la subsistencia de nuestra república.

La Noche Oscura Argentina está entretejida por las hebras de nuestra “tragedia educativa” y nuestra “tragedia democrática”. Los griegos enseñaron tempranamente que hay una íntima correlación entre escuela y política. La hora que vivimos nos impone una reflexión que conjugue la cultura escolar y la cultura política; la formación de buenas personas y de buenos ciudadanos. La pedagogía escolar de la palabra no tiene otra misión que ser una escuela del diálogo; desde niños somos o deberíamos ser formados para dialogar; porque dialogando, aprendemos a escuchar y a decir las palabras con las que, comunitariamente, vamos buscando apasionadamente la verdad. Por su lado, la pedagogía política o cívica nos va enseñando a convivir como ciudadanos que viven conforme a lo que mandan las leyes de la ciudad. Y es que, ayer como hoy, sólo viviendo bajo el imperio de la ley podremos convivir en una ciudad donde impere la justicia; virtud política por antonomasia. Diciéndolo sin rodeos o circunloquios, los argentinos no somos buenos alumnos ni buenos maestros, y tampoco somos buenos ciudadanos ni buenos políticos; nuestra tragedia educativa y nuestra bancarrota política se condicionan recíprocamente, y arraigan en nuestros pecados escolares y en nuestros pecados políticos.

Sin palabra y sin ley la ciudad se va conviertiendo en un campo de batalla donde se libra una encarnizada guerra de todos contra todos. Bajo esa ley de la selva, donde rige el sálvese quien pueda, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Bien se ha dicho que la democracia es una obra de arte, y la educación para convivir democráticamente implica, al menos, dos cosas esenciales: recuperar la capacidad de diálogo y de discusión de los temas públicos, consensuando las decisiones que nos atañen a todos; y, no menos importante, que existan lazos amorosos que animen la vida política. Pero ese diálogo sólo puede darse donde impera un respeto incondicional y un reconocimiento del otro en cuanto otro. Ello dista, y mucho, de una cultura del conflicto y el odio.

Dicho corto y claro: sin verdad y sin bien la República Argentina y su pueblo estamos expuestos a las calamidades de una ciudad o “polis” que se ha quedado sin palabra o diálogo, sin ley y sin Dios. El “diálogo argentino” se ha roto; dicen nuestros obispos. Nuestro país “vive al margen de la ley”, dicen los juristas. Y el Dios “argentino”, constitucional “fuente de toda razón y justicia”, es asesinado en cada niño, joven, adulto o anciano que tiene hambre, que tiene sed, que está desnudo, que es herido, que sufre persecución u olvido.

Nuestra ciudad está sin palabra y sin ley porque está sin amor. Y no hay que ser muy perspicaces para advertir que el Dios “argentino” tiene hoy más que ver con la cultura de la muerte y el odio, que con la ley del amor del Evangelio. Nuestro Dios, presunta “fuente de toda razón y justicia”, es asesinado día a día en cada niño, joven, adulto o anciano que tiene hambre, que tiene sed, que está desnudo, que es herido, que sufre persecución u olvido. El escándalo de la exclusión y de la injusticia clama al cielo del Dios Amor, cuando hoy más de cinco de cada diez argentinos son pobres o miserables; por eso podemos decir que el cristianismo “nominal” de los argentinos es otra gran mentira, por la que, a los efectos prácticos y cotidianos, bien podemos ser considerados categóricamente como ateos.

Sin amor, pues, la nuestra se ha convertido en una ciudad sin Dios; porque el Dios Amor del Evangelio se encuentra sólo en el hombre; y “si alguien dice que ama a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso”. Sin verdadera palabra o escuela de la verdad, sin ley, sin justicia o sin política del bien común, no hay ni habrá paz, fruto de la verdad y la justicia. En todo caso queda claro que sin verdad, sin justicia y sin paz no podremos construir la “civilización del amor”; urgente imperativo a encarnar sin demora en nuestra patria chica y en la aldea mundial.

Hoy, en Tucumán, cuatro niños mueren desnutridos en uno de los países de ubérrima producción alimenticia; crimen sin nombre que clama al cielo. Cuando más de cinco de cada diez argentinos son pobres o miserables podemos decir que el cristianismo “nominal” de los argentinos es otra gran mentira, por la que, a los efectos prácticos y cotidianos, bien podemos ser considerados categóricamente como ateos. Nuestro ateísmo práctico y cotidiano arraiga en que vivimos los más crueles significados de una existencia sin palabra, sin ley, sin amor, sin Dios. Sin verdad, sin justicia y sin paz no podremos construir el imperativo utópico de la civilización del amor; nuestro impostergable y urgente ideal histórico concreto.

Dos amores fundan dos ciudades, enseña San Agustín: el amor de sí hasta el desprecio de Dios, funda la impía civitas diaboli, Babilonia; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, funda la ciudad de los justos, la civitas Dei. Agustín cierra estos libros de la “ciudad de Dios” con la convicción de haber dado cuenta de que “el desarrollo mortal de las dos ciudades, la celestial y la terrena, (están) mezcladas aquí hasta el fin del mundo”. Esta misma parábola evangélica del trigo y la cizaña la usará Jacques Maritain, más de quince siglos después, para ilustrar que la construcción de una ciudad verdadera, justa y pacífica requiere nuestra pasión por la verdad y nuestro compromiso por el bien común.

Maritain hablaba expresamente de la tragedia de las democracias en el contexto de mediados del Siglo XX, ante el colapso de los totalitarismos fascistas y marxistas; Arturo Ponsati, su discípulo tucumano, lo hará medio siglo después, en los umbrales del Siglo XXI, hundiendo su bisturí en la agónica carne de la (¿terminal?) crisis de gobernabilidad de la democracia actual. Ponsati hace este análisis sobre la profunda crisis de la democracia, sobre los escombros y ruinas del caído Muro de Berlín y sobre el vaciamiento democrático “globalizado” que está aconteciendo también en Argentina; sus reflexiones se inscriben en los estertores “globalizadores”, postmodernos y “tardocapitalistas”, de la disolución de la “pax americana”. 2 Ésta es la encrucijada histórica de la democracia, a la que estamos asistiendo en estos días de la Noche Oscura Argentina

La lección ético-política que recogen para la actualidad Maritain y Ponsati, enseña que la realización del bien común, nos impone que obremos con la prudencia de la paloma y con la astucia de la serpiente; una ética realista, ética de la razón responsable, que conjuga las legítimas exigencias de una ética pragmática del poder y una ética idealista del deber. Esta ética política del bien común sólo puede fundarse en la Justicia y en la Amistad Cívica, dicho en términos aristotélicos; o, dicho en la lengua evangélica, se funda en la verdad que nos hace libres, y en el doble mandamiento del amor a Dios y el amor al prójimo como a sí mismo.

Ante la tragedia de la desintegración social y política de la civilización, continúa Ponsati, no es cierto que sólo tengamos que optar entre el amoral cinismo maquiavélico o la hipermoralista hipocresía del puritano. Ambas actitudes, dice, “niegan la libertad humana. Rescatarla, requiere la recuperación del sentido de la responsabilidad personal en la vida individual y social... ello supone la readquisición de las nociones de pecado y de redención; en diálogo con Dios; en docilidad con ‘aquella ley de perfecta libertad’, cuyo otro nombre es amor”. Y por ello, “el que odia a su hermano -dice San Juan- es un homicida” (1Jn, 3,15).

Estamos en medio de la noche oscura; ¿tenemos razones para esperar? La respuesta a esta pregunta está íntimamente asociada a la pregunta de si aún queremos ser Nación; una nación cuya identidad pende de la “pasión por la verdad” y el “compromiso por el bien común”. Y esta tarea, grande y ardua, es posible; y depende de nosotros mismos; como personas, como comunidad. Si aprendemos a dialogar, si nos comprometemos a luchar mancomunadamente por un proyecto de nación justa y solidaria, estaremos protagonizando la revolución dialógica y democrática que vaya iluminando el camino hacia el fin de la noche oscura.

Notas

1 Juan Antonio Mayoral; Sufrimiento y Esperanza –La crisis exílica en Lamentaciones-, Editorial Verbo Divino; Navarra, 1994

2 Hoy ejemplificada patéticamente con las ínfulas imperialistas de laestulta criminalidad liderada por George Bush

 

 

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