¿Queremos ser Nación?
-Sin verdad y sin bien agonizamos entre el amor y la muerte-

  Autor   Dr. Eduardo Ramón Ruiz Pesce
  Institución   Instituto Internacional Jacques Maritain - Filial Tucumán
  Palabras Claves   Dios, Ética, Política, Corrupción, Argentina, Verdad, Bien Común
  Categoría   Teología / Política / Filosofía
  Fecha   Septiembre de 2002
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Las lamentaciones nuestras de cada día pronuncian llorosas o airadas voces de tragedias y de catástrofes; nos creemos visitados por las mayores desgracias y sufrimientos. Nos encontramos, como plañideramente dice el tango, cuesta abajo en la rodada. Nos sentimos sujetos caídos en desgracia; nuestro pueblo se encuentra azotado por la pobreza, la inseguridad, el hambre, las muertes prematuras y violentas; nuestras ciudades viven bajo el desorden establecido donde imperan los crímenes, las mentiras, las corrupciones. Los argentinos estamos y nos sentimos corroídos por la desconfianza y la desesperación. Nuestra desgracia, como le pasó a Israel esclavizada por Babilonia, nos conduce a una noche cada vez más oscura, en la que volvemos a caer en la esclavitud. El pueblo es tratado como “basura y desecho”; “somos siervos y nadie nos libera”, dice la Biblia. Y la causa que ha provocado esta catástrofe del pueblo de Israel, es su pecado; Argentina, como Israel y el resto de los pueblos y hombres de la tierra es llamado por Dios a vivir santamente; y cuando “el pueblo santo peca contra su Dios, Dios rechaza y castiga a su pueblo”. Retira sus bendiciones a Israel; y el pueblo se preguntará si es posible aún que la misericordia de Dios restaure la catastrófica situación a la que le ha llevado el pecado. No nos preguntamos los argentinos qué hemos hecho para merecer esta tragedia educativa y esta catástrofe política que nos azotan

Por eso, en nuestra tenebrosa noche oscura, rezamos a Jesucristo, Señor de la historia, y le decimos que “nos sentimos heridos y agobiados”; y suplicamos que “queremos ser nación”; pero, Ni Dios nos ha predestinado para ser una nación gloriosa ni nos ha condenado de antemano a ningún infierno Dicho corto y claro: sin verdad y sin bien la República Argentina y su pueblo estamos expuestos a las calamidades de una ciudad que se ha quedado sin palabra o diálogo, sin ley y sin Dios. El “diálogo argentino” se ha roto; dicen los obispos. Nuestro país “vive al margen de la ley”, dicen los juristas. Y el Dios “argentino”, constitucional “fuente de toda razón y justicia”, es asesinado en cada niño, joven, adulto o anciano que tiene hambre, que tiene sed, que está desnudo, que es herido, que sufre persecución u olvido. Cuando más de cinco de cada diez argentinos son pobres o miserables podemos decir que el cristianismo “nominal” o “bautismal” de los argentinos es otra gran mentira, por la que, a los efectos prácticos y cotidianos, bien podemos ser considerados como ateos. Sin palabra y sin ley, la nuestra es también una ciudad sin Dios; porque Dios se encuentra sólo en el hombre; y “si alguien dice que ama a Dios, y odia a su hermano, es un mentiroso” (1 Jn, 4,20). Sin verdadera palabra o escuela de la verdad, sin ley, sin justicia o sin política “del bien común”, no hay ni habrá paz, fruto de la verdad y la justicia. Sin verdad, sin justicia y sin paz no podremos construir la “civilización del amor”, como bautizó Pablo VI a ese ideal de santidad que es nuestra esperanza y nuestra tarea más urgente.

Ante la tragedia de la desintegración social y política que estamos padeciendo y provocando los argentinos hoy, cínicamente podemos lavarnos las manos y decir qué tengo que ver yo con todo esto; yo, argentino; yo me voy del país antes de que se termine de hundir; la otra actitud hipócrita que nos gusta enarbolar a los argentinos, no menos cínica, y además hipócrita, es la de los puritanos que“que se vayan todos”, Ambas actitudes, dice “niegan la libertad humana. Rescatarla, requiere la recuperación del sentido de la responsabilidad personal en la vida individual y social. Empleando un lenguaje metacientífico, diremos que ello supone la readquisición de las nociones de pecado y de redención, las cuales carecen de posibilidad misma de ser interpretadas fuera de la experiencia del diálogo del mismo con la trascendencia, encuentro que se resuelve en la docilidad a ‘aquella ley de perfecta libertad’, cuyo otro nombre es amor”.

“El que odia a su hermano, es un homicida”, dice San Juan (1Jn, 3,15).¿Quién tiene la última palabra en nuestras historias, el amor que vivifica o el odio que da muerte? Ésa es la cuestión. Se nos ha enseñando que no podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano con quien convivimos. Lo que le hacemos a los pequeños se lo hacemos a Dios, se nos dice. “Dios está donde nuestro semejante vive, llora, juega, trabaja, crea y se enfrenta con la muerte”. 1 Y Jesús ha muerto por todos nosotros; con su muerte venció a la muerte; y el perdón de los pecados que ganamos por Jesús “nos hace libres de nosotros mismos, pues lo que sería irreversible a nuestro juicio se convierte en punto de partida bajo el perdón”. 2 El perdón divino nos libera de la tragedia; y la reconciliación con Dios abre nuevamente nuestro futuro. Y, “Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?... ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Sufrimiento o estrechez o persecución, o hambre o desnudez, o peligro o espada?... Pero sobre todo esto vencemos por el que nos ama.... (nada) nos podrá separar del amor de Dios que está en Cristo Jesús nuestro Señor” (Rom. 8, 31-39). Pero Jesucristo, Señor de la Historia, viene en nuestro auxilio; él nos libera del odio por medio del perdón. El perdón es un acto de libertad; es una invitación para que el mal no tenga la última palabra. La historia es posible con la condición de que el odio no responda al odio. Sólo el perdón abre otra historia; la renueva. “De esta forma, en el acto del perdón surge la esperanza”. 3 Y por la cruz de Jesús llegaremos a la luz; per crucem ad lucem; esta es la razón de nuestra esperanza en un viaje hacia el fin de la presente Noche Oscura Argentina.

Notas

1 Christian Duquoc; Jesús, hombre libre; Salamanca, 1984; p. 105

2 Ibidem

3 Christian Duquoc; Jesús, hombre libre; Salamanca, 1984; p. 101

 

 

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