¿Quién es mi prójimo? -Razón y Libertad
en la Democracia Pluralista de Jacques Maritain-

  Autor   Dr. Ramón Eduardo Ruiz Pesce
  Institución   Instituto Internacional Jacques Maritain - Filial Tucumán
  Palabras Claves   Filosofía, Teología, Política, Maritain, Gaspar Risco, Arturo Ponsati
  Categoría   Filosofía / Política / Teología
  Fecha   Diciembre de 2004
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Instituto Jacques Maritain –Filial Tucumán-
Salón Guadalupe – Colegio Sagrado Corazón – S.M.de Tucumán

En el año 1973, momento de la Pascua de Jacques Maritain a la casa del Padre, comencé a ir a la escuela maritainiana, en la que entonces, y desde mucho antes, enseñaban en Tucumán los dos mayores maestros en la materia: Gaspar Risco Fernández y Arturo Ponsati; desde entonces ambos fueron y siguen siendo los que me enseñaron y me siguen enseñando a leer los textos filosóficos, teológicos y políticos de Maritain. Por ello esta exposición no puede abrirse sino como un humilde testimonio de gratitud a ese magisterio.

Y no es el caso, cabe aclarar, que Arturo Ponsati se hubiese especializado en hablar y escribir prioritariamente sobre la filosofía práctica, ética o ético-política de Maritain en desmedro de la filosofía teórica o metafísica, de la peculiar Filosofía Cristiana maritainiana, concebida tras las huellas de Santo Tomás de Aquino; e, inversamente, tampoco es el caso de que Gaspar Risco, consagrado desde su temprana juventud a la lectura de Tomás de Aquino, hundiendo sus ojos en sus textos, como gusta decir él, hubiera focalizado en Maritain, los textos especulativos o metafísicos, yendo en desmedro de los temas prácticos, iusfilosóficos o éticopolíticos En ambos, buenos discípulos a su vez de Santo Tomás de Aquino y de Jacques Maritain, como no puede ser de otra manera, teología y política o metafísica y ética, se distinguen para reunirse en una unidad existencial mayor y mejor… la de sus vidas y sus obras.

Es por ello que me permito introducir el tema de esta exposición sobre temas de Jacques Maritain acudiendo, en primer lugar, a las reflexiones que el teólogo y filósofo Gaspar Risco dedica a la cuestión de la proximidad, y, luego, nos dejaremos conducir por el jurista y filósofo político Ponsati, para echar luz sobre la cuestión de la trama personalista y comunitaria de la democracia pluralista maritainiana; dejando para una segunda instancia el abordaje de la cuestión “quién es mi prójimo”, desde Arturo Ponsti.

En Papeles para una Teología de la Comunicación, Gaspar Risco Fernández dedica un capítulo a “Todos los pobres, el pobre: alteridad y comunicación 1; texto publicado inicialmente en el año 1970, donde Gaspar Risco llama la atención sobre la existencia de instituciones que tienen como imperativo existencial el trabajar en el servicio de los demás. Y se pregunta qué lleva a estos hombres a que se consagren a ayudar a los otros. Y es cierto como allí se remarca, que el hecho de que alguien desamparado se encuentre frente a mí, no me lleva necesariamente a la conclusión de que tenga que ayudarlo, ni mucho menos.El comportamiento de las comunidades primitivas, habla más bien de lo contrario, ese otro indigente es visto más bien como una amenaza, y lo mejor es mantener distancia frente a él, declararlo tabú, segregarlo de la convivencia para conjurar el peligro del contagio. Del hecho mismo del desamparo, no surge con evidencia la respuesta de la ayuda. Sólo cuando el desvalimiento ajeno penetra en alguna medida dentro de la órbita de lo nuestro, en tanto que nuestro, provoca la urgencia indiscutible del socorro. Cuando la persona menesterosa nos pertenece, gracias a determinados lazos, acudimos para liberarnos, liberándola. En eso, no en otra cosa, consiste, sin más, el imperativo del amor al prójimo; y allí hay que escudriñar la ética de la solidaridad, que pone de relieve la cuestión del “otro”.

“El doctor de la Ley -dice Risco-, se acerca a Cristo y le interroga: “¿Cuál es el mandamiento fundamental?” Cristo prefiere devolverle la pregunta y el Doctor contesta perfectamente: “Amarás al Señor, tu Dios… y al prójimo como a ti mismo”. Cristo se da por satisfecho pero el legisperito insiste. ¿”Y quién es mi prójimo?” La réplica de Cristo se centra, a través de la parábola del buen samaritano, en su singularísimo intento de redefinir el sentido del amor al prójimo, a la luz del definitivo misterio salvador que él comporta y es en persona. En efecto, el doctor de la Ley habla del prójimo, según el texto griego que nosotros conocemos, con el término “plesion”, que traduce indiscriminadamente varias palabras hebreas: hermano, vecino, compatriota…

De acuerdo con el uso del Antiguo Testamento, dice Risco, hay que buscar el equivalente a “prójimo” entre las denominaciones de los comportamientos típicos del pastorear; modo de vida del pueblo elegido. Prójimo es aquel pastor, íntimo amigo, con quien se intercambian servicios de pastoreo. En el mejor de los casos, para un hebreo del Antiguo Testamento, prójimo es el israelita, el otro hermano; aquel, que, por ello, pertenece al pueblo de Yahvé o se ha asimilado a él. El extranjero, en cambio, no es prójimo; hasta tal punto que cabe la posibilidad de explotarlo, de engañarlo y de saquearlo sin escrúpulos.

En su parábola, por el contrario, Cristo hace la apología de un extranjero; subrayando así lo escandaloso de su inaudito mensaje. Tan sólo el samaritano detiene su andadura, observa y se abre a la indigencia del malherido en el camino.Cristo tiene especial cuidado en describir lo que este extranjero experimenta en ese encuentro. Emplea un verbo muy característico que significa “comer las entrañas de un animal o ser removido profundamente en las entrañas”. El samaritano, pues, escucha un llamado que conmueve sus entrañas y suscita en él de inmediato la respuesta práctica, precisa”.

Y Cristo –continúa Risco- no quiere que la parábola quede al arbitrio de cualquier interpretación. Por eso, revelando la clave de su revolucionario sentido, termina preguntando al doctor de la Ley: `¿Cuál de estos tres, el sacerdote, el levita o el samaritano, se mostró prójimo con el malherido?´ No hay lugar a equívocos. La redefinición cristiana de prójimo implica, a su vez, una reformulación de la pregunta misma por el prójimo. El doctor de la Ley preguntaba: `¿Quién es mi prójimo?´, y se entronizaba a sí mismo, a su persona en el centro de la búsqueda. Cristo imprime una inversión total a la pregunta: `¿De quién soy prójimo, con quién voy a mostrarme prójimo?´ Es el otro, el tú desvalido, quien se convierte en centro de interés y en función de quien pongo a su entera disponibilidad mi servicio”.

Jacques Maritain dedica el capítulo cuarto de su libro Principios de una política humanista, a la cuestión evangélica de dilucidar ¿Quién es mi prójimo? Y toca este tema, eminentemente teológico, para aludir a una cuestión esencialmente política, la cuestión de cómo convivir los unos con los otros, si estamos divididos por cuestiones de creencias. Esta diversidad de creencias, se pregunta Maritain, es un obstáculo insalvable para la cooperación humana en la procura del bien común. Se cuestiona si no será una paradoja el creer que, a pesar del estado de división religiosa en que está colocada la humanidad, pueda establecerse entre los hombres el espíritu de unión, el buen compañerismo, el diálogo fraternal. La actualidad de estas preocupaciones se hace candente cuándo uno contempla los abismos de iniquidad de las guerras del Siglo XXI; el aumento de la miseria en el mundo; el ominoso incremento de la marginalidad y la exclusión.

Pues bien, Maritain no quiere desviar su vista de la cuestión de la tensión existente entre la “división de las creencias” y el imperativo de la cooperación, la solidaridad y el compañerismo entre los hombres, llamados a coexistir mancomunados en la común aventura planetaria. Expresamente lo testimonia en varios de sus textos, en los que consigna que la división religiosa es una desgracia, pero es un hecho que, querámoslo o no, hemos de reconocer. En la era "sacra" de la Edad Media, señala Maritain, se hizo una gran tentativa de edificar la vida de la comunidad terrestre y de la civilización sobre la base de la unidad de la fe teologal y del credo religioso. Esa tentativa tuvo éxito durante algunos siglos, pero luego fracasó en el curso del tiempo, después de la Reforma y del Renacimiento. De manera que hoy es absolutamente inconcebible un retorno al régimen sacro medieval.

Y "a medida que la comunidad civil se fue distinguiendo del dominio espiritual de la Iglesia - por un proceso que en sí mismo no era sino un desarrollo de la distinción evangélica entre las cosas que son del César y las cosas que son de Dios -, la comunidad civil se estableció sobre la base de un bien común y de una obra común que pertenecen al orden terrestre, "temporal" o "secular", y de los que participan por igual ciudadanos pertenecientes a "familias" o grupos espirituales diferentes.

"La división religiosa entre los hombres es, en sí misma, una desgracia. Pero este es un hecho que, quieramos que no, tenemos que reconocer. Y en los tiempos modernos, continúa, se realizó un intento de fundar la vida de la civilización y de la comunidad terrenal sobre la base de la mera razón, de una razón separada de la religión y del Evangelio. "Durante los últimos siglos este intento suscitó inmensas esperanzas que, sin embargo, hubieron de naufragar rápidamente. La razón se reveló más incapaz que la fe para asegurar la unidad espiritual de la humanidad, de modo que el sueño de un credo "científico" que uniera a los hombres en la paz y en convicciones comunes se desvaneció en las catástrofes contemporáneas.

Maritain enlaza aquí este planteo con la postulación del imperativo del pluralismo: "En consecuencia, dice, y en lo que respecta a la sociedad de mañana y a la democracia renovada que anhelamos, la única solución posible es la de tipo pluralista. Hombres pertenecientes a credos y a familias filosóficas diferentes, pueden y deben colaborar en la tarea común y por el bien común de la comunidad terrestre, siempre que acepten parejamente los principios fundamentales de una sociedad de hombres libres." 2

Retornando a Principios de una política humanista, encontramos que Maritain allí nos dice que, lamentablemente,;la historia no demuestra que las ideas religiosas hayan contribuido especialmente a la pacificación de los hombres. Miremos hoy, sin ir más lejos, las batallas que libran los EE.UU. de Norteamérica contra el Reino del Mal; o, inversamente, las batallas de los fundamentalismos hechos en nombre de Yahvé, de Alá, Jesucristo, del neoliberalismo, del nacionalismo o del comunismo, entre variopintos ídolos aun subsistentes.

"¿Ha de ser mirado como un insalvable obstáculo para la cooperación humana el evidente hecho histórico de la diversidad de creencias? Es una real ventaja mirar al problema valientemente de frente y tener conciencia de su realidad; dice Maritain. "¿Pero no es una paradoja creer que, a pesar del estado de división religiosa en que está colocada la humanidad, puede establecerse entre los hombres un espíritu de unión, el buen compañerismo, el diálogo fraternal, en tanto unos y otros están relacionados con su Dios? "El asunto estriba en que la historia, por un lado, no nos demuestra que el sentimiento religioso y las ideas religiosas hayan contribuido con algún éxito especialmente perceptible a la pacificación de los hombres. Pareciera, antes más bien, que las oposiciones religiosas hubieran nutrido y agravado sus conflictos.

"Sin embargo, si la población temporal debe, por otra parte, reunir en el servicio del mismo bien común a los hombres pertenecientes a distintas familias espirituales ¿cómo podrá ser asegurada establemente la paz, si por lo pronto, en el dominio en que más interesa al ser humano - el dominio espiritual y religioso mismo-, las relaciones de buen entendimiento y de mutua comprensión no pueden establecerse? "¿Hay necesidad de que Dios permita la afrentosa degradación de la especie humana a que asistimos, y de tantas persecuciones y agonías, para que al fin aquellos que creen en Él comiencen a internarse de verdad en sí mismos, hasta las misteriosas regiones donde la imagen del Dios del amor se descubre invisiblemente ante nosotros, y donde nos entendemos por leves que sean los golpes dados por Él en nuestra puerta aherrojada?

"Digamos enseguida que el acercamiento de que aquí se trata, podría ser entendido de manera muy falsa, y vamos a eliminar inmediatamente esas erróneas interpretaciones. "El tal acercamiento no podría ser evidentemente obtenido al precio del doblegamiento de la fidelidad y de la falta a la integridad dogmática o de la disminución de aquello que se debe a la verdad. Es por el contrario, suponiendo que cada uno va con el máximo de fidelidad hasta la luz que le muestran, como tal aproximación es concebible." 3

Cuál es la posición de un católico sobre la situación de los no católicos ante Dios. No se nos ha venido diciendo que fuera de la Iglesia de Cristo, entiéndase la iglesia católica, no hay salvación. Sabemos, dice Maritain, que Dios, después de haber hablado en diversos e imperfectos modos por medio de los profetas, habló una vez de manera perfecta y definitiva, por medio de su Palabra increada, que tomó carne en el seno de una virgen de Israel, para morir por todos los hombres. Pero eso no quita, ni mucho menos, que dentro del catolicismo nosotros podamos estar y estemos también muy divididos; estar íntegramente relacionado con la enseñanza de Cristo, y, al mismo tiempo, dice, estar en agudo conflicto con hermanos en la fe, tanto sobre cuestiones políticas y sociales –la democracia, el sindicalismo, la guerra de España o la Segunda Guerra Mundial-, como sobre cuestiones teológicas, filosóficas o históricas. Y ello es así porque sólo en la pureza y en la integridad de la palabra de Dios es cómo los fieles nos relacionamos entre nosotros. Pero qué pasa con los que no comparten nuestra fe. La comunión de todos los hombres a la que estamos llamados por Cristo, dice Maritain, no se da por ninguna particularidad de cultura o de civilización, y menos aún de raza y de sangre, sino por aquello que es la propia universalidad, la sobreuniversalidad, es decir, lo divino: son las palabras y los preceptos de Aquel que dijo: Soy la Verdad, que os habla. Esta, dice Maritain, es la manera sucinta de cómo presentar la perspectiva católica. La teología católica nos enseña, inclaudicablemente, que es por amor y en el amor, como dice San Juan de la Cruz, por lo que todos seremos juzgados; los cristianos, los judíos, los budistas, los agnósticos, o los presuntamente ateos. Para el catolicismo, la salvación eterna de todos los hombres y de cada hombre depende de la caridad.

Y aquí, siguiendo a Santo Tomás de Aquino (Q.Disp.De Veritate, XIV, artículo 11), y anticipándose a Karl Rahner, Maritain formula la concepción de un “Cristianismo anónimo”. Tomás enseña que la caridad presupone la fe; y la fe explícita en la verdad revelada es el primer deber de quien no es capaz de escuchar la palabra de Dios por el oído y en su corazón. Mas, para ellos, esa fe es ofrecida por la gracia; y gratis la da Dios a todo hombre; también a aquellos que no han oído de Cristo, si esas almas son de buena fe y no rehúsan la gracia interior, tienen entonces como verdad que Dios existe y salva a aquellos que lo buscan, como dice San Pablo en la Epístola a los Hebreos (11,6). Y Dios sabe mucho mejor que ellos si esas personas creen en él; pues, en tales casos, ellos tienen la fe implícita en Cristo, y se adhieren implícitamente a la verdad divinamente revelada por entero.

No hay que escandalizarse, dice Maritain, del axioma católico que dice que fuera de la Iglesia no hay salvación. Hay que entenderlo bien; porque lo que él está diciendo es que no hay salud o salvación fuera de la Verdad con mayúsculas; y enfáticamente proclama: si hay una salud fuera de la Verdad, yo no la quiero, puesto que quiero más a la Verdad que a mi alegría y a mi libertad, o mejor, sólo la Verdad puede ser mi alegría y mi libertad. Y la Verdad habla al corazón de todos los hombres; y sólo Dios sabe cuáles son los que, nacidos en tal o cual parte del mundo y colocados o no bajo el régimen de su palabra públicamente revelada, escuchan verdadera y eficazmente su palabra interior y secreta. Creemos que no hay salud fuera de Cristo, pero también creemos que Cristo ha muerto por todos los hombres, y que a todos les ha sido ofrecida la posibilidad de creer en él, explícita o implícitamente. Razón por la cual los católicos pensamos que todo hombre de buena fe y de recta voluntad, a condición de que no peque contra la luz, y no rehúse interiormente la gracia ofrecida, pertenece, como nosotros, al alma de la Iglesia de Cristo.

Ahora bien, el fundamento del compañerismo al que estamos llamados todos los hombres, no puede estar dado por un simple amor natural. Y aquí, enlazando lo que nos dijo Gaspar Risco sobre el prójimo, retomemos la pregunta teológico-política de ¿Quién ese el prójimo? Ya Risco apuntaba a esa primordialidad del otro, del tú desvalido, haciendo referencia a pensadores judíos de la alteridad, como Martin Buber y Franz Rosenzweig. Aquí Maritain interpretará la misma parábola del samaritano en esa mismísima clave; la clave de la alteridad

Cada uno de nosotros puede pensar, con razón o sin ella, dice, sobre los límites, carencias o errores del otro; pero ello no impide la amistad y el diálogo fraterno con ellos. Es en el diálogo fraternal donde se hace necesaria esa dimensión del perdón, que no está referida a las ideas del otro; las que, si son falsas, no merecen ningún perdón; perdón y remisión que sí recaen, en cambio, sobre la existencia del otro; porque cada creyente sabe bien que todos los hombres serán juzgados, él y los demás; ni el uno ni el otro son Dios para juzgar al prójimo. Y todos ignoramos lo que somos ante Dios. Nos es imposible juzgar el secreto de los corazones, por más que debamos aborrecer siempre a los pecados; nunca a los pecadores.

A esto conduce precisamente el amor al prójimo. Y a todos tenemos que amar en Dios y por Dios, como prójimos. El amor de caridad, dice Maritan, va desde luego a Dios… y a todos, porque todos son amados en Dios y por Dios, más de lo que son por sí y en ellos mismos. Y esa amistad de caridad no nos hace reconocer solamente la existencia de los otros, sino que nos hace saber que el otro existe, no como un accidente cualquiera, sino que existe ante Dios y tiene derecho a existir. Y ese amor de caridad nos ayuda a comprendernos los unos con los otros; nos saca de nuestra fe y nos hace salir de nosotros mismos.

Aterricemos ahora de este amor de caridad, en el plano temporal; en el que el amor se llama, no caridad, sino amistad cívica… pero ésta arraiga en la amistad fraterna y teologal. La base del compañerismo, y eso es aplicable a los creyentes pertenecientes a familias espiritualmente diferentes. Maritain cita como ejemplo de ello al Mahatma Gandhi, quien en 1920 decía que la ley que debía regir la coexistencia entre naciones, pueblos y culturas, no era sino la ley del amor; y este segundo mandamiento no hace más que uno con el primero, amar a Dios y amar al prójimo. El futuro del hombre está, pues, en el reconocimiento expreso, y en la aceptación de esa ley familiar del amor en los asuntos nacionales e internacionales; o sea, en el orden político. Y las naciones no pueden ser civilizadas más que en la medida en que obedezcan a esta ley. Ésta es la verdad, también yo estoy persuadido de ello, dice Maritain.

Una de las implicaciones contenidas en esta ley de la amistad cívica y amistad fraternal, es la de la dignidad de le persona humana, con los derechos que ella entraña y las realidades que la fundan. Para mí, cristiano,dice Maritain, más allá de Gandhi, yo sé donde abreva mi fe; en la inmortalidad del alma y en la dignidad de la persona humana; … y lo leo en el Evangelio: de qué sirve al hombre ganar el mundo si acaba perdiendo su alma.

Leo también allí que los cabellos de cada uno de nosotros están contados… y que nosotros debemos amar a nuestros enemigos. Leo la historia de ese hombre que se va de Jerusalén a Jericó, y que los ladrones dejaron medio muerto en el camino, y en el que un samaritano, es decir, un extranjero con el que los judíos no congeniaban, y que no profesaban sus mismas creencias religiosas, reconoció a su prójimo, porque tuvo piedad de él. Mientras que un doctor de la ley, y un sacerdote, caminando con el corazón cerrado, se excluyen de la proximidad de los hombres. La misteriosa palabra de Cristo a este respecto, significa que depende de nosotros ser el prójimo de todo hombre, si le amamos y tenemos piedad de él.

No es, pues, la comunidad de raza, de clase o de nación, lo que nos hace comulgar con Dios; es el amor de caridad quien nos constituyen en lo que debemos ser, miembros de la familia de Dios; hijos del mismo Padre; miembros de la sola comunidad donde cada persona, arrancada de su soledad radical, comulga verdaderamente con los otros, y hace de ellos sus hermanos, porque se da a los mismos; y, amándolos, está dispuesto a morir por ellos. Ninguna palabra significa tan profundamente el misterio y la dignidad de la persona humana. ¿Quién es mi prójimo? ¿es el hombre de mi sangre? ¿es el de mi partido? ¿es el que me favorece? No; es aquel por el que siento misericordia, y con respecto al cual pasa por mí el universal don y amor de Dios; quien hace llover las aguas del cielo sobre los buenos y malos.

Notas

1 Gaspar Risco Fernández, Papeles para una Teología de la Comunicación, UCSE, Santiago del Estero, 1995, pp. 86 ss.

2 El Alcance de la Razón'. [1947]. Emecé Editores. Buenos Aires. 1959. Página 262

3 Principios de una Política Humanista'[1944]. Editorial Excelsa. Buenos Aires. 1946. Página 85

 

 

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