Todo Está Salvado -Néstor Grau, un Sócrates de Angastaco-
  Autor   Dr. Ramón Eduardo Ruiz Pesce
  Categoría   Gráfica
  Medio   Revista Studium, UNSTA, Tucumán
  Palabras Claves   Filosofía, Salvación, Néstor Grau, Sócrates de Angastaco
  Fecha   2 de Marzo de 2004
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Vacaciones de Julio del 2003. Es un día soleado, con un cielo salteñolímpido y refulgente, el mar de arriba; a nuestros pies, un arenal blanco, el mar de abajo. Estamos en camino, paseando por los Valles Calchaquíes. En ese juego de ser “fechitistas” 1 al que nos dejamos tentar, nos dirigimos al “camposanto” de Angastaco, donde hace treinta años se encuentra enterrado un profesor de filosofía. En la lápida se lee: “Néstor A. Grau *25 de Mayo 1928 / +23 de Julio 1973 / Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.” No sé si Néstor, tan amante de la filosofía y de sus dioses griegos, hubiese elegido esa frase, pero, si hay Dios, como creo, y la condición para poder gozar eternamente de la fruición divina es ser limpio de corazón, Néstor, sin duda, lo contemplará admirado y extasiado, con esa mirada profunda y clara que brotaba de un corazón humilde y generoso; un corazón amigable y amistoso. Y lo digo con gratitud, dando testimonio personal de uno de sus alumnos adolescentes, a los que Néstor mostró que, liberarse de las cadenas, subir la ardua montaña, salir de la caverna, y ver las cosas a plena luz del día, valía y sigue valiendo la pena.

Corrían los tormentosos años sesenta: los Beatles, “all you need is love”. La muerte, en cambio, hacía de la suyas en las guerras, que eran crueles y eran muchas. John F. Kennedy versus Nikita Kruschev lideraban la madre de todas esas batallas. Los franceses del mes de Mayo 68 pintaban en sus paredes: “Las barricadas cierran las calles y abren los caminos”, proclamando a voz en cuello: “la imaginación al poder”. Martin Luther King realizó, pacíficamente, la revolución de su sueño fraterno por los derechos civiles. El asesinato del Che Guevara hacía nacer un mito revolucionario, a sangre y fuego. Los hippies norteamericanos encarnaban la bucólica revolución de “amor y paz” o “flower power”; apostaban a las palomas: “make love, not war”. Desde la otra orilla, los halcones y los sicarios de siempre cultivaban las flores del mal y de la muerte. La Iglesia Católica vivía una nueva primavera, el aggiornamento del Concilio Vaticano II; los documentos conciliares y las encíclicas de Juan XXIII y Pablo VI hablaban de la Iglesia “experta en humanidad”; alentando al gozo y a la esperanza; sembrando “Paz en la Tierra”; promoviendo y reclamando “Paz y Justicia”; impulsando el “Progreso de los Pueblos”; y poniendo como norte para librar el buen combate a la más bella y comprometedora utopía: la Civilización del Amor.

En contraste con ello, en nuestra patria chica, muy chica, la dictadura militar encabezada por Onganía, encarnaba la sedicente “Revolución Argentina”, de triste memoria: ella fue la que perpetró la “noche de los bastones largos”, intervino las universidades, y fue una de las causas de la “fuga de cerebros” y otras no menos nefastas consecuencias para el país. En lo socio-económico, el cierre de los ingenios azucareros en Tucumán, fue el malhadado laboratorio donde se preludiaron mayores calamidades: la desocupación provocó una aguda crisis, que incubaría el huevo de la serpiente de la guerrilla... y, trascartón, sobrevendrían una de las más más oscuras y trágicas noches de la historia del país, con más muerte, con más crimen, con más horror: el ERP, Montoneros, la dictadura militar del “Proceso”, la tortura, los desaparecidos, la “guerra sucia”... años de plomo, sangre e ignominia.

... Y en medio de tanto ruido y de tanta furia, en el pago pequeño, casi íntimo, unos adolescentes, tan perplejos, confundidos y atemorizados como los que más, en los últimos años del colegio secundario, aprendíamos lo que vivíamos; y no puede ser de otra manera.No hay escuela sin enseñanza de la buena vida; no hay enseñanza del buen vivir si no hay buenos maestros; y no hay maestros de verdad si no hay personas que consagren y brinden su propia vida en la enseñanza. Ésa, decía por ese entonces Pablo VI, es la única clave para el anuncio de la “buena nueva” de todo magisterio: enseñar con la propia vida, porque los hombres de nuestro tiempo (y de todo tiempo, añadamos), escuchan más a los que dan testimonio que a los que enseñan, y si escuchan a los que enseñan es porque dan testimonio.

Néstor Grau era un maestro de esos; en medio del ruido y de la furia, decimos, mostraba que el amor a la verdad podía convertirse en proyecto de vida. Y el socratismo había enseñado, de una vez para siempre, que la vida verdadera y buena, es una conquista al alcance de todo hombre que se pone a la escucha de su “daimon”, auscultando las “razones del corazón” de las que hablaría Pascal, para conjugar ciencia y conciencia, llevándonos al buen puerto de una vida feliz. Frente al imperativo y a las urgencias de la “praxis”,Néstor Grau, sabía seducir con la mirada serena, con sus gestos amables y con sus palabras calmas y reflexivas, de las bondades y atractivos de vivir bien, del vivir conforme al “logos”... porque una vida sin exámen, sin reflexión, es una vida absurda, tal como viene aconsejando milenariamente la docta ignorancia socrática.

No obstante todo lo cual, o quizá a causa de ello, Néstor Grau no encajaba en esos tiempos violentos; su magisterio era, como el de todo maestro, inactual. Iba a contrapelo del prepotente y beligerantevértigo de la historia cotidiana, la efímera y minúscula historia que aparece en los diarios; no de la historia real, la historia viva, la historia verdadera. En ese horizonte dibujado por la aceleración histórica, los que estábamos pisando el umbral de los estudios universitarios, nos preguntábamos qué queríamos estudiar, que queríamos ser cuando fuésemos “grandes”. Entonces, como hoy, eran pocos los jóvenes que tuviesen el coraje para inscribirse para estudiar filosofía. ¡¿Filosofía?! ¿Para qué sirve la filosofía? ¿Para qué estudiar filosofía en tiempos de tantas carencias y urgencias?

En el mismo Tucumán, unas pocas décadas atrás, corrían tambiénesos tiempos “acelerados”, donde la voz cantante la tenían la eficiencia, el positivismo, el activismo y los negocios; y fue en ese contexto, precisamente, en el que Juan B. Terán le daba argumentos a Ernesto Padilla para conseguir recursos nacionales para crear la Facultad de Filosofía y Letras en la UNT. Lo hacía apelando a la frase de un filósofo que decía que los estudios de las humanidades eran inútiles, pero imprescindibles. Néstor Grau fue para mí el primer testimonio encarnado de esa verdad; con él no aprendí filosofía, cosa que como bien se dice, no se puede aprender, como sí se aprenden las técnicas, las artes o las ciencias que el hombre viene cultivado a lo largo de la historia. El testimonio de Grau nos permitía experimentar vivencialmente que el amor al saber, la vida reflexiva y la búsqueda de la verdad por la verdad misma, no son útiles en absoluto, pero son imprescindibles para ser señores de nosotros mismos y llevar una vida feliz.

El hombre común y corriente, sin duda, bien puede ser feliz y señor de sí mismo, sin andar por ahí filosofando. Se mueve por la vida con un lote de convicciones básicas, incuestionables, que le sirven y bastan para vivir dignamente su día a día. Si tiene que construir una casa, arreglar una humedad o cortar el pasto; si tiene que cultivar, cosechar o vender zapallos, si tiene que diagnosticar y tratar una enfermedad; si tiene que fabricar un foco, venderlo o cambiarlo, en todas las ocupaciones ordinarias, “normales” y cotidianas, en suma, los hombres no tenemos, ni tenemos que tener, la disposición para “filosofar”; no contamos, ni tenemos que contar con ganas o motivos para preguntarnos por la razón última de la realidad; nada nos mueve, ni tiene por qué movernos, para indagar por la eternidad o finitud temporal del mundo; nada nos motiva a cuestionarnos sobre la existencia o inexistencia de Dios, y ni qué hablar que con todos los problemas serios y apremiantes que tenemos para resolver en la vida cotidiana, iremos por ahí poniendo en duda de si nosotros mismos, que tenemos tantos asuntos de los que ocuparnos, existimos; ridículo papel haría quien tiene que arreglar una cañería que pierde o ir al traumatólogo porque se ha quebrado una pierna, y demorara ese trámite preguntando si existe, si quién es o de si su nombre es su verdadero nombre.

El propio Aristóteles decía que primero hay que vivir y después filosofar. Y es verdad, cuando nuestra atención está acaparada por el logro de una finalidad práctica, o tiene que resolver cuestiones concretas, sencillamente, ponernos a filosofar es lo último que se nos ocurriría. Josef Pieper, otro gran maestro del filosofar, ha enseñado que para adquirir ese hábito extraordinario del preguntar filosófico, la propia existencia del que filosofa tiene que ser sacudida de esa posición “normal” frente al mundo. No es razonable vivir “filosofando”, la cotidianidad del hombre, con razón y naturalmente, tiene que estar ocupada por cuestiones más pedestres –pedes in terra-, y no extraviarse considerando cosas celestiales –ad sidera visus-, en cuyo caso nos arriesgaríamos, como cuenta la historia de Tales de Mileto, que la sierva de Tracia que camine junto a nosotros, con su pragmática vista dirigida al suelo que está pisando, se ría porque nos caemos al pozo por ir mirando el cielo.

Hay dos, y sólo dos estímulos, dice Pieper, que pueden obrar esa conmoción extraordinaria capaz de llevarnos a filosofar, y esos dos motivos para considerar lo esencial, deteniéndonos a pensar sobre lo ordinario, son el amor y la muerte, Eros y Tánatos, como decían los griegos. Sólo quien se abre a la experiencia de la muerte puede desapegarse de las urgencias necesarias ordinariamente para subsistir, y comenzar a preguntarse por la vida en el sentido más profundo del término. Es lo que enseña Platón: la proximidad de la muerte, y hasta el ansia de morir, están emparentadas con la filosofía; morir y filosofar tienen un aire de familia. Pero también el amor, el otro factor existencial primordial y conmovedor, emparentado íntimamente con la muerte, puede afectar al hombre inflamado por Eros 2. El hombre filosofa, pues, conmovido por el amor y por la muerte. Sólo quien es afectado radicalmente por estas experiencias comienza a ver el mundo con ojos filosóficos; comienza, como se suele decir, a “tomar las cosas con filosofía”. Por ello, parafraseando a Platón y a la Biblia, habría que estampar en el frontispicio de todas las escuelas filosóficas: “no entre aquí quien no haya experimentado con toda su mente, con todo su corazón, con toda su alma, el amor y la muerte”.

Néstor Grau, precisamente, inicia un trabajo sobre el Fedón de Platón diciendo: “La filosofía es una práctica de la muerte... Y este entrenarse a morir debe ser entendido en el sentido (platónico) de ‘aprender a separar el alma del cuerpo’” 3. Pues si bien el hombre es un ser compuesto de cuerpo y alma, el alma es la parte valiosa del hombre, y debemos aprender a cultivarla independientemente. “Esto significa hacer en vida lo que hace la muerte: separar el alma del cuerpo” 4. Y es preciso hacerlo efectivamente, no sólo meditar sobre ello, la mentada “meditatio mortis”. Y para hacerlo, afirma allí Platón, el filósofo debe apartarse de todos los placeres que impliquen la participación del cuerpo; debe descartar los placeres de la comida, de la bebida o los del amor sexual (afrodisia).

Extremando esta posición, comenta Grau, en este diálogo se considera al cuerpo como fuente de deseos malignos que le apartan al hombre del cuidado del alma. Pero no sólo hay placeres sensibles, también hay los placeres o goces de la inteligencia. Y en el Filebo, se nos recuerda, que hay que evitar llevar una vida sólo atenta a esos placeres sensuales, en cuyo caso, nuestra vida sería infrahumana, estaríamos sumidos en una “ridícula inconciencia”, en la que nuestro vivir no diferiría de la vida de “una esponja o un molusco”; pero, por otra parte, señala Platón, una vida intelectual, despojada totalmente del goce que produce el ejercicio del intelecto, no sería envidiable en absoluto 5, texto que preludia el Libro XII de la Metafísica del congenial discípulo, Aristóteles, refiriéndose al goce que produce la contemplación teórica; goce que se afirma con realidad eterna en el Acto Puro, causa primera y principio último del Cosmos.

Filosofar, pues, es entrenarse para morir, en aras de conquistar este goce divino de la contemplación. No estamos aquí tan lejos de la bienaventuranza de los limpios de corazón, que verán a Dios, tal como reza la lápida de Néstor Grau. Pero, continuemos abrevando en la “fuente griega” de la que él bebía, y pasemos aquí de la muerte al amor. En el Banquete, el mismísimo Platón de los diálogos mentados del Fedón y del Filebo, dice que “el amor es el deseo de procrear en la belleza, según el cuerpo y según el alma6. Y es por medio de la procreación física por lo que un cuerpo,que es mortal y corruptible, se aproxima a la inmortalidad. De modo que ese deseo y ese afán que Eros deposita en nosotros, es en el fondo un deseo y un afán de inmortalidad.

Frente al Fedón, dice Grau, en donde Platón pareciera buscar un aislamiento completoo “descarnado” de lo espiritual y cumplir así con su propósito de “practicar” el morir, en el Filebo nos señala ya la necesidad de afirmar la existencia humana como la de un ser mixto, cuerpo y alma, en donde el placer tiene su lugar para cooperar en la concreción de una vida feliz. A su vez, vemos en el Banquete que Eros, el amor, ocupa un lugar importante, constituyendo nada menos quela fuerza impulsora que lleva al alma, en concierto con el cuerpo, hacia la concreción de su perfección última. Y, en última instancia, dice Platón, el hombre no debe abandonar la vida hasta que la divinidad lo disponga, y a la vez, si ha asumido la disposición filosófica, no debe temer la muerte. “Sólo más allá de la vida –concluye Grau aquí- sabremos si nuestro afán ha sido el que la cosa merecía,y si hemos tenido éxito en la empresa de construir nuestra vida... Es claro que el incentivo es también enorme y la aventura que se nos promete es maravillosa”. 7

Hace diez años, una compañera de “Introducción a la Filosofía” evocaba los últimos días del magisterio filosófico de Néstor Grau: “Recuerdo la última clase: del sobretodo oscuro salían las manos nudosas con una piel casi transparente, que tanteaban sobre la mesa el apoyo necesario, mientras miraba con ojos extrañamente profundos hacia la puerta vidriada de la entrada. Extremadamente delgado, tenía algo de ángel bañado por la luz blanca de las ventanas. / Ese día, sus ideas habitualmente ordenadas, parecían deshilachadas mientras hablaba de D.(sic), de la muerte, de la utilidad e inutilidad del hacer filosófico. / De repente una palabra emprezó a desparramarse desde las últimas butacas, paralizándonos y helándonos el corazón: ´cáncer.... cáncer...tiene cáncer... el profesor Grau se está muriendo.... Grau se muere”. 8

En 1973, en el umbral de su propia muerte, Néstor Grau da a publicidad un artículo concebido poco antes, titulándolo: “La Filosofía y la Certidumbre de la Muerte como Experiencia Metafísica” 9. Tengo entendido que fue una ponencia que presentó a un congreso filosófico que tuvo lugar poco tiempo antes en Brasil, pero imagino que quienes escucharon o leyeron esas palabras, sin el contexto vivo del autor, no podían hacerse cargo de la densidad existencial de ese escrito que se inicia diciendo: “El hacer filosófico se detiene ante la posibilidad de la muerte inmediata y personal”. 10 Néstor Grau describía su temple de ánimo hablando de la “confianza desequilibrada por la angustia existencial y personal que se despierta ante la presencia de la muerte”. Ante ella no hay consuelo filosófico alguno; ninguna teoría que explique “la realidad última” es “capaz de horadar el muro impenetrable de aquello que está ahí, allende la mirada inteligible, opaco absolutamente para la captación noética, implacable frente a cualquier demanda de seguridad y de sentido para esta vida individual y mía que ha constatado la presencia ineludible de la muerte.... (el filosofar ha descuidado) desdeñosamente lo individual angustiado en que mi vida efímera ahora consiste”. 11

Néstor Grau se planta aquí ante la filosofía, a la que consagró su vida, y le pide cuentas. Y comienza por su entrañable Sócrates. No es casual, dice, que la máxima suprema de la sabiduría humana, aparezca en la Apología (de Sócrates) escrita por Platón, aquella obra en que se ventila el juicio que habrá de llevarlo a la muerte. El discípulo argumenta allí para dar cuenta de la justicia de calificar como sabio, por el modo como él, Sócrates, se enfrenta con el muro, el muro impenetrable, dice Grau, que “sirve para trazar la raya”... y “la respuesta socrática resuena entonces nítida, lúcida, sabia, implacable, comprensible, reconocible para quienes se han enfrentado con una certidumbre semejante: ‘Sólo sé que no sé nada’“ 12.

No hay consuelo filosófico para tal desconsuelo existencial, más aun para un hombre como Grau que está afrontando en ese momento el patético límite del filosofar. Ante él, dice: “la filosofía disuelve al individuo en el mundo de los conceptos”; los conceptos lo disuelven todo, lo nivelan, pierden la sensibilidad para los preciosos matices, las delicadas peculiaridades... las exquisitas singularidades. La filosofía, en cambio, absorbe todo en una totalidad lógica indiferenciada, en la que la cuestión (o el misterio) del tiempo pasado, por ejemplo, queda reducido a una identificación con “lo que no es,a todo lo que fue, así se trate de un planeta, de un insecto, de una bacteria, o de este hombre individual que lo piensa ahora y que se angustia porque se acaba sutiempo”. 13

Las inmensas pretensiones de inteligibilidad de la filosofía proporcionan ejemplos descollantes de sus intentos de encontrar respuestas a los numerosos enigmas de la realidad. Nada de lo real parece serle ajeno, pero esas múltiples respuestas, dice Grau, hablan por sí mismas de su precariedad, porque sigue faltando “la solución” verdadera, la respuesta última y única. Ahora bien, no deja de ser muy sintomático que “la temática de la muerte”, tan visitada por la historia filosófica, nos deje, en el mejor de los casos, perplejos o anodadados. Y esto es notable, dice Grau, porque “el saber que se muere es innegable en todo ser humano y en cambio las respuestas frente al hecho más universal de todos son escasas... tal vez haya una sola respuesta, la de Sócrates, cuando dice: ‘Sólo sé que no sé nada’”. 14

Parece ser, pues, que la conciencia plena de la propia ignorancia es la condición primera y fundamental para conducirnos a “toda auténtica filosofía”. Pero, aun allí, no deja de ser muy extraño, apunta Grau, que los grandes libros de la filosofía, La República de Platón, La Metafísica de Aristóteles, Las Meditaciones Metafísicas de Descartes, La Crítica de la Razón Pura de Kant o la Fenomenología del Espíritu de Hegel, den la impresión de ofrecer grandiosos edificios lógicos, que exponen con claridad y distinción, el todo de la realidad, “la verdad es el todo”, como dice Hegel, o, más bien, la verdad, expuesta con elrigor lógico del sistema filosófico de ocasión, es totalitaria, como insinúa Grau; pero, fuese como fuese, “basta una experiencia radical como la certidumbre de la propia muerte –acota- para que todos esos aparatos magníficos se hagan añicos, estallen en lumínicos fragmentos múltiples y subsista tan sólo la pregunta implacable:‘... y yo que enseguida acabo... ¿qué papel juego en esto? ... Es la perplejidad del filósofo que ha construido pacientemente, luego de mil repliegues críticos, una imagen coherente y lógica del mundo, y que, cuando le pone el toque final, se da cuenta de que hay algo que no anda, algo que no camina. Tal vez porque en esa imagen del mundo ha olvidado ponerse a sí mismo. ¿Es él o el ‘sistema’, o ambos, lo que se ha quedado fuera de la realidad” 15

Ante la certidumbre de su muerte Grau hace su balance filosófico, y vuelve a la fuente platónica. Evoca dos frases, la primera ha sido puesta en reiteradas ocasiones en boca de Sócrates: “-Esto es lo que yo pienso, sólo Dios sabe si es cierto”. Frase empleada a menudo en las ocasiones en las que su maestro relataba mitos de ultratumba, y generalmente, apunta Grau, la dejamos correr como una muestra más de la falsa modestia y la ironía socráticas, y no la leemos como signo de la “sabia ignorancia socrática”. Este es el punto existencial donde se patentiza, contra el sofisma de Protágoras, que el hombre no es la medida de todas las cosas.

La segunda frase de Platón aparece tan sólo en la Carta VII, donde el filósofo habla en primera persona, y él también hace su propio balance filosófico, afirmando que su arduo y dificultoso itinerario filosófico no le ha permitido escribir nunca un tratado filosófico; y su deambular penoso a través del nombre de las cosas, de los razonamientos, de las ciencias... todo esto, ¿para qué? Simplemente para llegar a un punto en que podamos estar en disposición de mirar, de contemplar. Ambos pasajes tienen algo en común, dice Grau: la necesidad de la búsqueda y de la inteligencia, para colocarse en disposición para ver.

En otras palabras: “la filosofía concluye en paradoja: su saber consiste en un no saber... Sócrates lo dice explícitamente en el Fedón: -‘Sólo dentro de unos instantes (después de su muy próxima muerte) sabré si todo esto que decimos es verdad’. Se hace necesario un tránsito ontológico como criterio imprescindible de verificabilidad. Es claro que las palabras socráticas provocan una pregunta más: ¿lo sabrá?... La certidumbre de la muerte patentiza la paradoja, lleva la experiencia de la búsqueda hasta sus raíces, por eso es una experiencia metafísica. En ella la filosofía arriba a su legítima meta: a deponer su orgullo racional y en este instante afirmar como el único y legítimo saber: -‘Sólo sé que no sé nada’” 16

Es clara y profunda la identificación de Néstor Grau con el destino socrático de toda filosofía auténtica. Veamos ahora, para concluir esta evocación, en qué consiste ser “un Sócrates de Angastaco”. En el número siguiente de la revista “Ensayos y Estudios” antes citado, que también vio la luz en el curso del año 1973, sale un artículo de Grau titulado “Antuco de Angastaco”, y hay dos poemas de Manuel J. Castilla sobre los Cerros de Angastaco, que le sirven de colofón. Tengo para mí que este relato y estos versos muestran de un modo aun más vívido y entrañable, el cabal socratismo del angastaqueño Néstor Grau.

Volvamos al comienzo: “Vacaciones de Julio del 2003. Es un día soleado, con un cielo salteñolímpido y refulgente. el mar de arriba; a nuestros pies, un arenal blanco, el mar de abajo”. Entrando a Angastaco, como pórticos, nos franquean el paso espléndidas catedrales góticas de piedra, y a uno aquí se le impone tomar prestado el canto que Castilla dedica a este lote del terruño salteño: “A veces como ahora –dice- cuento con ganas cosas de mi tierra. Cuando fui, por ejemplo, caminando en Angastaco, solo, y el valle calchaquí se ablandaba de lanas y pastores. Al río descendían las estrellas llenándose la boca de arenas amarillas. También la piedra de tu montaña me desmemoria y me alucina, tierra. Soy una brizna viva en medio de su enorme derrumbe, menos que un bicho, menos que una espina, casi una gota de hombre. Y cuando voy pisando su silencio que enciela suavemente los ojos del guanaco. Le siembro mis raíces en la arena y crezco noche arriba como un cardón que envuelven las babas de los astros” 17.

¿Y quién es el mentado “Antuco de Angastaco”?“Le decíamos Antuco a Antonio Baltazar”, dispara Grau. Es, digamos, el lazarillo, ducho y vivaracho, que, trepando y jugando en los cerros de Angastaco, inició a Néstor en la sabiduría arraigada en nuestro pueblo. “Antonio se me apareció de pronto, un día, cuando yo estaba jugando con una piedras fuera del alambrado de mi casa... se había acercado sin que me diera cuenta. Me miró un buen rato desde esos ojitos traviesos y negros que brillaban picardía, y empezó a carajearme de lo lindo, con esa llaneza inocente... El tapial que marcaba el linde entre las palabras ‘buenas’ y ‘malas’ no estaba todavía trazado... y Antuco decía las cosas con una franqueza incontenible / ‘¡Éste Néstor de mierda!.... ¿quieres que juguemos juntos?... ¡¡vamos para las lomas!!” 18.

Antuco saltaba como una cabra; “saltaba lo mismo para arriba, para adelante, para atrás, para el costado, sin mirar siquiera y era como si la roca justa se pusiera bajo su pie a modo de pedestal preciso y servir así a esta estatuilla saltarina que parecía desprendida de una viruta del paisaje para dotarlo de movimiento y vida”. “¡Antuco, esperáme!!!... esperáme!!!... esperáme!!!... esperáme!!!, fue repitiendo el eco, ahuecado y hondo por los requiebros de la quebrada... / Por fin alcanzo a Antonio. Se ha sentado indolente sobre un precipicio de doscientos metros de alto, con las piernas colgando y balanceándose en el vacío. Ahora tira piedras que van cada vez más lejos. / Llego soplando mi cansancio y busco un lugarcito en la misma plataforma angosta en que él está sentado... Intento dominar el vértigo que me tira... y, por si acaso, me quedo con los pies arriba sin colgarlos sobre el abismo”. 19

“Tiramos los papelitos desde lo alto de la loma de ‘Cafayate’. El viento los lleva cabrestiando hacia el oeste hasta que se pierden en la distancia hechos un puntito indeciso de ilusión trunca. Nos parece que nos vamos con el pedacito de papel y nos duele cuando le falta el soplo suficiente para remontarse bien alto... Nos gusta más cuando la hojita alba se pierde en el aire de puro irse lejos, porque imaginamos entonces que ya no se caerá nunca, que seguirá para siempre más allá de los últimos cerros y de las nubes cárdenas del poniente.

‘¿Y a dónde se irá entonces el papelito, Antuco?’ Antonio no me contesta. Se habrá cansado de este certamen demasiado ‘idealista’ y andará juntando piedras para su honda. Mas, como si respondiese a mi pregunta, un papelito que salió muy corto se ha detenido en el borde mismo del barranco, al final de una pendiente suave que termina en comba brusca sobre el vacío. Pienso que no debo permitir tal indolencia y falta de interés por el vuelo en las alas de la brisa vespertina, y, despacito, para no rodar hacia el abismo, me acerco lentamente hasta dar con el papelito remolón que se ha quedado quieto, como una paloma asustada.

Para tomarlo me acuclillo suavemente sobre la rampa inclinada, adelanto mi brazo más audaz y recojo la hojita leve reteniendo hasta la respiración para no exceder el envión escaso imprescindible que me permitirá cumplir con mi misión de rescate. Ya sólo queda la vuelta entonces. Debo invertir el esfuerzo, no afirmarme en exceso para no resbalar sobre la capa de arena fina y suelta que tapiza esta pista ladeada y escasa toda vestida de rosa a esta hora del poniente. Y en ese instante me doy cuenta de que no puedo volver. El menor de los movimientos me suelta cada vez más hacia el borde de la plataforma inclinada.

Miro hacia arriba con la esperanza de encontrarme con una cara socarrona y unos ojos negros, que aunque burlones, me ofrezcan la ayuda que necesito. Pero la ojiva de ‘Cafayate’ está desierta y Antonio brilla por su ausencia. Me doy cuenta de que no debo mover ni un músculo, pues, hasta el volver la cabeza para buscar a Antonio me ha deslizado un poquito más hacia el borde del abismo que se acerca inexorablemente. /...Mi cerebro se agita desmesuradamente... todo el pasado y el presente se amontonan precisos con una claridad meridiana: me experimento como ante una tela de un cuadro que se acaba de pintar, todo fresquito y como transparente. / Hasta este momento no había tenido miedo. Pero de pronto descubro que a la tela le falta el futuro... la tela termina aquí y no hay vuelta que darle, porque a través de su transparencia está el borde implacable... / una extraña angustia me sobrecoge por dentro... un sabor agrio me impregna la carne toda y me ahoga como si estuviera debatiéndome en un cangrejal sin fondo. Al mismo tiempo un sudor frío me empapa entero por fuera. / Como no me queda nada más y no puedo más, le pido al cielo una ayuda. Esa ayuda que la abuela de Antonio dice que sólo se debe pedir cuando se está en el lindero. Curiosamente, no entro a discutir ahora si creo o no creo. Si hay algo más o no hay nada más. Y pido amparo, nada más./ El milagro es súbito, el cangrejal y el sudor frío desaparecen totalmente y siento como si nunca hubiesen estado. Y aquí me da la impresión de que el tiempo se dilata en un punto de instantaneidad eterna. / Puedo mirar con una serenidad infinita que me viene de dentro, de atrás de mi angustia, desde no sé donde, todo el paisaje que es ahora el mismo, y al mismo tiempo, tan otro. Y no tengo miedo, nada de miedo. Siento que no me he de caer aunque la arena suelta me ruede hasta el borde y aun hasta el fondo del abismo. Si tuviera que ubicar una palabra para nombrar ese instante singular, tal vez únicamente podría ser esta: paz. Y una paz que brinda seguridad porque un poder extraño me sostiene... La seguridad que me alcanza está dada por el hecho simple de que siento dentro de mí esa tranquilidad, esa paz única. Ella pareciera decirme que no debo temer nada. Que todo ese paisaje que se me ofrece ahora con una especie de resplandor óntico incomparable –vacío, rocas, fondo, rosetas, campo, cielo- y yo mismo dentro de él, que todo está salvado.

Y entonces ya no me asombra que unos brazos huesudos, fuertes y flacos como sarmientos de la última poca, me levanten con presteza y me depositen suavemente en la ojiva de ‘Cafayate’. / Pero el milagro no está completo hasta que Antuco no suelta la carcajada y dice: -‘¡Qué cagazo que tienes! ... si no llego a tiempo te ibas a hacer bosta allí abajo!”. 20

Notas

1 Adscribir, sin razón aparente, al fetiche de las fechas

2 Desde luego que este debe ser entendido como algo muy distinto a un deseo meramente sensual

3 Néstor Grau, Estudios y Ensayos sobre Platón, UNT, Facultad de Filosofía y Letras, Tucumán,1968, pg. 39

4 Ibidem

5 Filebo,21-22, cit. por N.Grau, op.cit., p. 41.

6 Banquete, 206 c, cit por N.Grau, op.cit., p.44, cursivas añadidas

7 Néstor Grau, op.cit., p. 61

8 Elisa B. Cohen de Chervonagura; Néstor A. Grau in memoriam”, La Gaceta, Suplemento Literario, 6/2/1994

9 Ensayos y Estudios –Revista de Filosofía y Cultura-, Tucumán, Argentina, Nro. 1, 1973, pp. 27-32

10 Néstor A. Grau, “La Filosofía y la Certidumbre de la Muerte Como Experiencia Metafísica”; op.cit. p.27

11 Ibidem

12 Ibidem. Esta autoreferencia existencial, sin duda, no podía captarla un ocasional oyente de un congreso de filosofía o un deesprvenido lector de revista filosófica.

13 Néstor Grau, op.cit., p.28, subrayado en el texto.

14 Néstor Grau, op.cit., p.29, subrayado en el texto.

15 Néstor Grau, op.cit., p.30

16 Néstor Grau, op.cit., pp.31-32

17 Manuel J. Castilla, Ensayos y Estudios,Nros- 2-3, Tucumán, 1973, pp. 88-99

18 Néstor Grau, “Antuco de Angastaco”; Ensayos y Estudios, Tucumán, 1973, p.88

19 Néstor Grau, “Antuco de Angastaco”; Ensayos y Estudios, Tucumán, 1973, p.89

20 Néstor Grau, op.cit., pp.96-97, subrayados en el texto, negritas añadidas

 

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