Muerte en la tarde
  Autor   Dr. Ramón Eduardo Ruiz Pesce
  Categoría   Gráfica
  Medio   La Gaceta, Tucumán
  Palabras Claves   Hemingway, Literatura
  Fecha   14 de Abril de 2000
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Bien se dice que las novelas son historias ficticias o falsas, y que los relatos de historias verdaderas son novelas reales... pero uno haría mal si se diera por satisfecho con esas definiciones presuntamente tranquilizadoras, y con ellas pretendiéramos haber apresado "la realidad" con las redes de nuestra mente. No nos advirtió, acaso, el genial falsario inglés, que hay más cosas en el cielo y en la tierra que aquellas con las que sueña nuestra filosofía.

Lo que llamamos "realidad histórica" (historias verdaderas), o el noble arte de las "historias ficticias" (historias falsas) son capaces de provocar, ya nuestro entusiasmo, ya nuestro desasosiego. Las "buenas" historias como las "buenas" novelas conmueven y nos "tocan" en lo más hondo. Desde "El Quijote de La Mancha" a "La metamorfosis", sólo las artísticas mentiras de una novela, vienen conmoviendo a los lectores. Otro tanto se puede decir de quienes hoy se siguen apasionando por las verdaderas historias; aquí también, sólo las verdades reales, imaginadas novelísticamente por el historiador, logran impactar en un hombre que no puede vivir su vida por fuera de la trama de mitos que lo hacen ser quien es. El hombre, animal histórico, es, dicho con Aristóteles, un filo-mito; un amante de los mitos. ¿Y qué son las mejores historias sino eso, un relato mitológico?

Sumerjámonos, pues, en la mítica vida humana; vida histórica, no hay otra. Hoy rendimos homenaje a un gran mito de las letras y de la historia del siglo XX; no es otro que ese gran embustero llamado Ernest Hemingway, que este año, junto con Alfred Hitchock y Humphrey Bogart, cumpliría la centuria. Todo artista (o mitólogo), en este sentido, es un traficante de mentiras que anhela decir la gran verdad; detrás de tanta máscara y de tanto velo quiere desenmascarar el gran secreto. Todos los hombres, lo sepamos o no, vivimos nuestra vida sembrando seudónimos; y nos lanzamos así a la caza de nuestro verdadero nombre. Y Hemingway practicó con maestría y con miserias este fino arte del autoengaño y del enmascaramiento; se pasó la vida esculpiendo la épica falaz de un mito verdadero... hasta que el autor de "Muerte en la tarde" actuó su muerte suicida. No hay dudas, no obstante, de que vivió una vida de película... y no siempre fue un film "Clase A"; pero aun el peor Hemingway -el peor de la novela y el peor de la historia-, como dice Anthony Burgess, "nos recuerda que para comprometerse con la literatura uno tiene primero que comprometerse con la vida".

Pues bien, así puestas las cosas, nadie discutiría tampoco que Ernest Hemingway fue uno de los mitos contemporáneos de los que nosotros, como Anthony Burgess, nos alimentamos. Y cómo no hacerlo, si hasta el propio James Joyce -non plus ultra de nuestra mitología literaria- entabló una amistad de generosidad mutua con Hemingway, que perduraría a lo largo de sus vidas; "cosa rara en ambos", acotaría cáustico Burgess. El autor del Ulises hizo repicar fuerte las campanas por su amigo Ernest, diciendo que "es un buen escritor... escribe tal como es. Nos gusta. Es un campesino grande poderoso, tan fuerte como un búfalo. Un deportista. Y listo para vivir la vida sobre la que escribe. Nunca la hubiera escrito si su cuerpo no le hubiera permitido vivirla. Pero los gigantes de esta clase son verdaderamente modestos; hay mucho más detrás de la forma de Hemingway de lo que la gente cree".

Burgess se lanza al ruedo para descifrar lo vero y lo falso en la leyenda Hemingway. Y si el hombre es el estilo, desandando la marca de la prosa de nuestro autor, la empatía del biógrafo podrá dar cuenta de una inacabable aproximación al misterio Hemingway. Lo cierto es que después de este nadie pudo escribir como si él no hubiese escrito. Pero, ¿de dónde procedía esa contundencia y transparencia estilísticas? ¿De dónde ese tono visceral y esa aura de autenticidad? A los siete días de nacer, un 21 de julio de 1899, el padre lo llevó a visitar por primera vez tierras vírgenes norteamericanas. Ed Hemingway le enseñó a su hijo a pescar, a manejar herramientas y armas, cocinar carne de venado... y de esas correrías infantiles iría cultivando, dice Burgess, "el hábito de mentir o aureolar sus proezas al aire libre"; el niño tenía pasta de literato.

Grace Hemingway, su madre, era muy dada al sentimentalismo piadoso, anota Burgess. Luego de bautizarlo, lo inscribió como "una oferta al Señor... para ser contado como uno más entre los corderillos de Dios"; pero el cordero se descarrió tan pronto como se hizo carnero, y todo el curriculum vitae de Ernest Hemingway puede verse "como una reacción extrema a la imagen de niño de mamá". El biógrafo apunta que, luego E.H. se referiría a su madre como "la vieja arpía". No obstante, de su madre, que lo quería músico, heredó la preocupación por el tono y el ritmo, lo que lo iba a convertir en un estilista literario importante, en constante vigilia "por las palabras en tanto que sonido", dice Burgess.

En su juventud alternaría sus múltiples actividades deportivas y sus pretensiones atléticas con su escritura. Tenía como modelo a un columnista popular del Chicago Tribune que había desarrollado un estilo supuestamente analfabeto, que Ernest trató de imitar. El joven Hemingway, alejado de ambiciones literarias -en sentido de ornatos líricos-, ya estaba poseído por un designio más sencillo y más completo; él estaba llamado a recrear una estética del lenguaje, sacarla de su tradicional localización en la cabeza y el corazón, y vincularla con los nervios y los músculos, dice Burgess.

Se inició en el periodismo en Kansas City, que en 1917 era una dura ciudad fronteriza, llena de pecado y crimen. Allí Ernest era mero observador del mundo de acciones violentas. Siguiendo el "manual de estilo" del Star de Kansas fue modelando su escritura con los rasgos que caracterizarían su prosa madura: brevedad, reconciliación del vigor con la suavidad y pensar positivamente. De esa época data el texto "Dios les preserve la alegría, caballeros", en el que reporta el extraño caso del joven que, al igual que Orígenes, el Padre de la Iglesia, se había castrado por amor a Dios. Y aquí ya se advierte uno de los temas que fascinarían -larga y solapadamente- a Hemingway: el deterioro físico o psicológico de la sexualidad; Burgess afirma categóricamente que a lo largo de su vida, Hemingway "temía el compromiso sexual". Pero, más allá de esto, el joven escritor descubría que "la vida real siempre supera la ficción"; lo cual dotaba de un nuevo significado a la literatura, la cual ya no era primordialmente invención, sino el ordenamiento estético de los datos de una experiencia de largo alcance.

Pronto nacería otro "mitema" Hemingway; el joven escritor viajaría a la Europa sumida en la Gran Guerra, alumbrando el mito del soldado, pero, la verdad biográfica y real, fluyendo por debajo del mito, es que sufrió un golpe profundo en su inocencia; hasta entonces se había entretenido matando animalitos inofensivos; ahora se veía confrontado con la muerte humana, en una pavorosa escala que la convertía en una muerte obscena y gratuita. En ese punto de inflexión existencial, Hemingway escucha un pasaje de Enrique IV que se convertiría en su amuleto. Feeble, sastre de mujeres, resignándose a ser reclutado para la guerra, dice: "Por mi honor que no me importa; un hombre sólo puede morir una vez; le debemos a Dios una muerte".

Este código de honor y valentía, Hemingway lo completaba con otra divisa estoica: era menester padecer el sufrimiento con elegancia. En su novelesca aventura, la vorágine de la vida lo llevaría del París de los locos años veinte a Pamplona... y allí, literalmente, quedaría "encornado" con la España "de toros y panderetas". Ya escritor exitoso, pescaría con pasión en el Caribe o cazaría en Wyoming, pero, dice Burgess, Hemingway "sabía que no había lugar como España".

Entre las euforias y los desencantos con su propia vida, en ese momento se iba fraguando un nuevo giro trágico; su padre, agobiado financieramente y aquejado físicamente, se apuntó con una pistola en la oreja y acabó con todo. Ernest, en ese momento, estaba contra el suicidio, no sólo como católico, sino porque violaba su código del valor. "La muerte era segura, pero la vida era buena. Cortejar a la muerte -como un torero en el ruedo- era un aspecto de la buena vida, pero abrazar a la muerte estaba prohibido. La elegancia debía mantenerse siempre en el sufrimiento", glosa Burgess.

En 1932 Hemingway publica Muerte en la tarde; este "libro del toro" fue reseñado críticamente, espoleando a Ernest para desenmascarar "su falsa pose de duro y la tendencia, inseparable de la rudeza, de su sentimentalismo". No obstante ello, este escrito daba cuenta de su conocimiento cabal de lo español, en su trágica dialéctica entre el sol de la vida y la noche oscura de la nada; 1 el abrazo entrañable de vida y muerte. Condensando su filosofía del talante hispánico, supo decir que "la vida es demasiado corta para todo, excepto para la única cosa que puede desafiar la muerte: la dignidad humana".

Con el hígado hipertrofiado por la bebida, y afectado de diabetes como su padre, Hemingway se fue adentrando en la tarde de su vida, en la que crecían también las sombras de la demencia. Llegó la primavera de 1961; preocupado por alguna visión interior o con la cercana revelación de la "nada", parecía no verla en absoluto, e intentó suicidarse; lo disuadieron. Más tarde persistió, el 2 de julio cargó la escopeta con dos cañones y puso un colofón trágico a su aventura vital: "el que muere este año, resonaba su sonsonete existencial, se libera el próximo; le debemos una muerte a Dios".

¿Qué le estaba pasando a Hemingway, entonces?, pregunta Burgess.

Fracasado en el intento catártico de sus libros, posiblemente lo invadía "una creciente tristeza por su fracaso en ser su propio mito"; puede que hubiera habido un cierto asco de no poder vivir a la altura de su ideal juvenil, y todo ello se condensó en una melancolía crónica y un ansia de morir. No pudo asumir la estoica vida de serena desesperación; y tampoco pudo, como le reprochó a su propio padre treinta años antes, "sufrir con elegancia". Las carencias del hombre mutilaron su escritura; no obstante, dice Burgess, el mejor Hemingway es una fuerza tan considerable como Joyce, Faulkner o Scott Fizgerald. E incluso el peor Hemingway nos recuerda que para comprometerse con la literatura uno tiene que comprometerse con la vida... aunque suene la hora de la muerte en la tarde.

Notas

1 En su breve relato "Un lugar limpio y bien iluminado" estampa esta plegaria a la nada: "Nada nuestra que estás en la nada, nada sea tu nombre, venga a nosotros tu nada y hágase tu nada en la nada como en la nada. La nada nuestra de cada día dánosla hoy, y perdona nuestras nadas así como nosotros perdonamos a nuestras nadas, mas líbranos de nada; pues nada. Dios te salve, nada, llena eres de nada, la nada es contigo...": Ernest Hemingway; Narrativa Completa; Seix Barral, Barcelona, 1985, p.246, negritas en el texto

 

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