Me duele este niño hambriento y la conversión de Zaqueo
  Autor   Dr. Ramón Eduardo Ruiz Pesce
  Categoría   Gráfica
  Medio   El Siglo, Tucumán | adital.org.br
  Palabras Claves   Política, Corrupción, Argentina, Tucumán
  Fecha   7 de Enero de 2003
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“En la cuna del hambre mi niño estaba”, canta el español Miguel Hernández en las Nanas de la Cebolla. “Me duele este niño hambriento / como una grandiosa espina”, repica su Niño yuntero. Otro poeta muy nuestro, que también experimentó hambre y miseria, pudo provocar Heraldos negros clamando: “Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios... Serán tal vez los potros de bárbaros atilas; / o los heraldos negros que nos manda la Muerte”; el poema continúa: “Son las caídas hondas de los Cristos del alma, / de alguna fe adorable que el Destino blasfema”. Son los poemas humanos de un mestizo peruano que supo cantar “Yo nací un día / que Dios estuvo enfermo”.

Con menos poesía pero con no menor lacerante verdad, el actual presidente de los argentinos dijo: “La clase política argentina es una mierda en la que yo me incluyo”. Profundizando y precisando el concepto, con encomiable sinceridad, Aníbal Fernández, Ministro de la Producción de Eduardo Duhalde, produjo la inapelable verdad política de los tiempos que corren: sin pelos en la lengua y con hondo conocimiento del alma de sus colegas, calificó de “´hijos de puta´ a todos los que ejercen funciones de gobierno en sociedades sacudidas por la desnutrición”; calificación que incluye al Tucumán de Miranda, de Terán y sus esbirros, hasta la Argentina de Duhalde, de Menem, y sus respectivas secuaces, cómplices o sicarios (ver Carlos Abrehu, La Gaceta, 17-11-2002).

Las inequívocas y categóricas expresiones de Fernández, calificado vocero del riñón del poder, no nos permite a los ciudadanos argentinos, abrigar muchas esperanzas para el futuro político argentino; en las gateras políticas para las próximas elecciones nacionales, provinciales y municipales, sólo hay más de la misma catadura moral justipreciada elocuentemente por Duhalde y Fernández. Los que desde Tucumán se autopostulan como candidatos a gobernarnos o a representarnos en el gobierno, para no ir más allá de la aldea local, podrían decir como Carlos Grosso cuando fue nombrado como funcionario de la fugaz presidencia de Rodríguez Sáa, que ellos no son elegidos o elegibles para los cargos a los que aspiran, por sus prontuarios, sino por otras “virtudes” caras a nuestra casta dirigente.

Los mamarrachos o esperpentos políticos pueblan la galería de nuestros políticos “elegibles”; todas nuestras “excelencias” tucumanas o importadas han dado sobrada muestra de las conductas y de los actos de gobierno que son capaces de perpetrar; todas sus acciones y omisiones entran en el mismo rango ético del accionar u omitir que exhiben hasta la náusea las carreras políticas de los Menem y de los Duhalde; para nombrar sólo la madre de todas las batallas políticas del momento. No es casual que todos los secuaces tucumanos de esa clase política que supimos conseguir, busquen un lugar al sol de esos padrinos o caudillos peronistas. Del agonizante o cadavérico radicalismo, qué decir que no los estigmatice o sepulte más de lo que están; nada los libra de su imperdonable complicidad para secundar ya a Menem, ya a Duhalde, en aras de garantizar, pactos y componendas mediante, la “gobernabilidad” argentina; dicen. De lo que no hay duda es que los radicales, por activa o por pasiva, por los pecaminosos contubernios alfonsinistas o por las no menos pecaminosas omisiones delarruistas, comparten la responsabilidad política de haber creado una sociedad de humillados y excluídos; una sociedad indecente, como dicen algún politólogo, en la que las instituciones no garantizan instituciones que resguarden a la gente de la humillación cotidiana. Sin pan, sin escuela y sin salud los argentinos tienen buenas razones para sentirse con la dignidad pisoteada.

Los “heraldos negros” de la política argentina, nuestra nunca bien mentada clase dirigente, parecen dar razón a la indignación popular que clama, cacerola en ristre, piquete en la calle y a voz en cuello, “que se vayan todos”, y ahí está la otra cara de la trampa y de la mentira que nos tiene a mal traer. “Una sorda guerra se está librando en nuestras calles, la peor de todas, la de los enemigos que conviven y no se ven entre sí, pues sus intereses se entrecruzan manejados por sórdidas organizaciones delincuenciales y sólo Dios sabe qué más”, dijo el Cardenal Bergoglio en la homilía del Te Deum del año pasado. “Todos” somos todos; no sólo la maldita clase política y la justamente denostada clase dirigencial. Los gobernados y los dirigidos también formamos parte del “todos”.

Bergoglio allí comentaba el pasaje evangélico de Jesús llegando a Jericó; allí vivía un hombre muy rico, Zaqueo; quien se subió a un árbol para verlo, y Jesús le dice que baje que él se iba a alojar en su casa. La gente murmuraba porque iba a la casa de un pecador. Como pocas veces en nuestra historia, continúa Bergolgio, la malherida sociedad argentina aguarda una nueva llegada del Señor. Pero nada de eso es posible si persistimos en nuestras bajezas y ruindades, las culpas y trampas; los juegos de los adictos al poder y a las riquezas, que producen sufrimiento y destrucción de los humillados. Y bien se ha dicho que la sociedad argentina es una sociedad indecente en virtud del abismo existente entre los humillados y los poderosos.

Como Zaqueo tenemos que animarnos a seguir el llamado a bajar: bajar al trabajo paciente y constante, sin pretensiones posesivas sino con la urgencia de la solidaridad. Lo que la hora nos pide es que seamos hermanos y compatriotas; que cumplamos la ley. La ley es la condición infranqueable de la justicia, de la solidaridad y de la política, y ella nos cuida, al bajar del árbol, para no caer en la tentación de la violencia, del caos, del revanchismo. La gran exigencia es renunciar a querer tener toda la razón; renunciar a los privilegios; renunciar a la vida y a la renta fácil; renunciar a seguir siendo necios, enanos en el espíritu. Pero, como Zaqueo, tenemos que dar un paso más: el dar, el darse reparando el mal cometido. Zaqueo se anima a devolver lo mal habido y a compartir. Como Zaqueo el pueblo argentino quiere y necesita imperiosamente rescatar del fondo de su alma el trabajo y la solidaridad generosa.

¿Qué hacer ante la exclusión de veinte millones de hermanos con hambre y con la dignidad pisoteada? La conversión de Zaqueo supuso reconocer su estafa usurera y devolver lo que robó. El final de la historia evangélica nos muestra un Zaqueo avenido a la ley, viviendo junto a sus hermanos; capaz de escuchar y dialogar; capaz, sobre todo, de ceder y compartir.

Muchos pueblos, concluye Bergoglio, se levantaron de sus ruinas abandonando, como Zaqueo, sus ruindades. Este es el único camino en que florece la esperanza que no defrauda. Y hoy más que nunca nos convoca esa esperanza. El camino es sencillo; no fácil. Como Zaqueo debemos escuchar el llamado a la tarea común, no disfrazar nuestros límites sino aceptar la alegría de compartir, antes que la inquietud de acaparar. Y entonces sí que escucharemos, dirigida a nuestra Patria, la palabra del Señor: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19:10)

 

 

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